viernes, 29 de mayo de 2009

Mayo florido, Mayo festivo...

Por Francisco Morales Basurte


Mayo va tocando a su fin. Ya el mes de las flores, el mes de María, el florido y hermoso de los poetas, apretado en lo social, en lo religioso y en lo lúdico, vive sus últimas jornadas.

Antaño, en nuestro pueblo, los mozuelos anunciaban su llegada en la noche del treinta de Abril, cantando las coplas de "los mayos" en su ronda a las mocitas casaderas:


"A cantar los mayos

señores venimos

y para cantarlos

licencia pedimos."


Se abre el mes con la Fiesta del Trabajo. Día Primero de Mayo de lucha y de reivindicaciones laborales, sacralizado como Festividad de San José Obrero (o San José Artesano) en los años de ausencia de libertad sindical. Y sigue con el histórico Dos de Mayo. Día de la Independencia. Señalada fiesta nacional y patriótica en los años de mi infancia y adolescencia, que preparábamos en la escuela recitando aquello de

"Oigo, Patria, tu aflicción

y escucho el triste concierto

que forman tocando a muerto

la campana y el cañón... "


Mayo. Mes del esplendor de la vegetación, mes de las fiestas, mes del amor por excelencia, como lo definió Julio Caro Baroja. Frondosidad, verdor, exuberancia en las flores que explosionan en colores y olores. Flores con las que muchos pueblos embellecían el "árbol del mayo" que posteriormente se cristianiza en el "árbol de la cruz", dando lugar a la celebración del "Día de la Cruz". En los hogares castreños, preparando y adornando con amor la tradicional cruz de manzanilla. Y en la calle, en distintos barrios (Llano del Convento, calle Baño, etc.), esa cruz doméstica se desbordaba en tamaño, en ornatos y en ambiente festivo, con masiva participación popular en animadas veladas vecinales a su alrededor, con música, cante y baile.

Y el mes de Mayo, mes del amor pagano en su origen, también se cristianiza, pasando a ser el del amor a la Virgen María, el mes de María por excelencia. Intensa actividad religiosa en los colegios, en las parroquias, en las escuelas... Preparación para primeras comuniones (entonces el Día de la Ascensión, uno de los jueves que refulgían más que el sol), culminación de las jornadas de catecismo que se venia desarrollando a lo largo del año, y tiempo de cánticos de exaltación a María, recordando su milagrosa aparición en Fátima:

"El trece de Mayo

la Virgen María

bajó de los cielos

a Cova de Iría. "



Y más cánticos en aquellas sabatinas que celebrábamos los sábados de Mayo subiendo a la ermita de nuestra patrona, la Santísima Virgen de la Salud, con ofrenda floral:

"Venid, vamos todos,

con flores a María

con flores a porfía

que Madre nuestra es."


Y alternando con lo religioso, el jolgorio laico se manifestaba en otra tradicional costumbre: la degustación de caracoles. Pero no como ahora que se limita a la visita al bar. Ni se adelantaba a Abril (aún inmaduros) ni se posponía a Junio (estaban preñados). Ya lo decía un antiguo refrán:

"Si a tu marido quieres matar

dale caracoles en el mes de San Juan. "


Tenía que ser en Mayo, que es éste también el mes de los caracoles, cuando frecuentemente, en un acto peculiar de una convivencia vecinal propiciada por unos difíciles tiempos en que por la precariedad económica predominaban las casas con muchos inquilinos, se salía bien temprano al campo, regado por el rocío mañanero, a la busca de esos sabrosos bichillos con casa a cuestas, para después, guisados en aromático y picante caldo, saborearlos en la comunidad de aquellas populares "caracolás"; en la que no faltaban la camaradería y el buen humor, regados de vino de Montilla. La Peña Flamenca Castreña institucionalizó esta costumbre desde 1983 con su Caracolá Flamenca (la última el pasado sábado, día 23).


Todas estas cosas se me han venido a la cabeza al leer unos programas que anunciaban distintos actos para este fin de semana, con motivo de la Feria de los caracoles, celebración de fecha variable por su vinculación con la Semana Santa, pero que suele servir de enlace entre Mayo y Junio. Feria de la calle Córdoba, Pascua de Pentecostés, o Feria de los Caracoles, que de las tres formas se conocía a aquella primera manifestación ferial, que junto a la de Santiago y la Real, completaban el ciclo. De la Calle Córdoba, por su lugar de celebración; de Pentecostés, por su origen y su fecha, coincidente con la pascua de su nombre; y de los caracoles, porque también su fecha era -y es- la del punto álgido de su consumo. Aquella feria era (creo que lo sigue siendo) la de los niños. Si en Santiago y Feria Real se diversificaban las actividades, la de la calle Córdoba se caracterizaba principalmente, por las atracciones infantiles, modestas si la comparamos con las actuales, pero esperadas can verdadera ilusión porque entonces no había tantas oportunidades de diversión como hoy (caballitos, "volaeras", columpios, la sempiterna noria de departamentos con nombres de provincias andaluzas; lo más sofisticado, el carrusel al final de la calle, ya en la Redonda de Carbonell). Después de haber deambulado varios años por el Llano de la Fuente y Calle Los Molinos, casi ha vuelto a su primitivo enclave, ahora desplazado al final de calle (antes empezaba su ubicación por la mitad de la calle, hacia la esquina en que estaba la fuente y la espartería, con los primeros puestos de turrón), y ampliado con la entonces inexistente Barriada de la Ronda Norte o "Los Serrano". Y su celebración, como en casi todo, se concentra en el fin de semana anterior; antes empezaba el día que hoy termina.

Si como dice la canción "recordar es volver a vivir", mientras he trasladado a estas líneas esas añoranzas de tiempos pasados, me he sentido niño. Y eso, cuando ya has pasado los sesenta, descarga que es una barbaridad.


Castro del Río, 28 de Mayo de 2009.

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